LA CADENA DE FAVORES ¿Cómo ayudar a las personas?

 la cadena de favores. Existe un gran principio en el universo: estamos, siempre, unidos a todo. Tanto si lo quieres como si no, no importa, todo nos conecta. El aire, la tierra, el agua y cualquiera de las infinitas variables que estén por ahí, estás conectado con todo.

Al estar siempre conectado con todo debería ser muy fácil vivir bien y sin que te falte de nada. Pues parece que es todo lo contrario.

¿Cuántas veces te has podido sentir solo/a?
¿Cuántas veces te has visto en una situación sin recursos?
¿Cuántas veces te planteaste dejar todo y tirar la toalla?

A través de este artículo iremos viendo cómo vivir mucho mejor cualquiera de estas tres preguntas pero, sobre todo, cómo, de una vez por todas, vivir bien y no pasar malas situaciones.

Cómo ayudar a las personas es lo que uno mismo se debería plantear cada día. 

¿Qué puedo hacer para ayudar y servir a otros? En la mayoría de los casos si tu estado emocional es “pobre” (triste, apático, rabioso o peor, está completamente por los suelos) me dirías: ”Soy yo quien necesita ayuda y no al revés”.

Ese fue el mismo motivo que perduró tantos años en mí. Por esa misma razón me sentía solo, me veía en situaciones sin recursos y más de una vez llegué a pensar en abandonar y dejarlo todo.

Ayudar a las personas tiene un poder tremendo y, si todavía no lo has explorado, te invito a experimentarlo. Me puedes decir: ¿Cómo? ¿De qué manera? 

  • -No tengo nada que ofrecer.
  • -No valgo para eso. 
  • -No puedo hacer nada.

Todo lo contrario, puedes hacer mucho, muchísimo por cualquier persona, lo único es que no lo sabes todavía.

La cadena de favores: Marco y su amigo el árbol

Marco es un niño muy atrevido, dispone de mucha energía, le encanta jugar y divertirse con sus amigos (hasta aquí todo bien). El único inconveniente para que esto suceda es que vive muy lejos de la ciudad, en una casa perdida en medio del campo. Sus padres son unos grandes amantes de la naturaleza. Viajaron mucho y se dieron cuenta de que la mejor forma de hacer crecer a su nido familiar es vivir completamente conectado con la naturaleza. 

Marco, desde su perspectiva de niño, conecta mucho con la ciudad, los edificios grandes, el ruido, los coches, las luces y cualquier estímulo de todo tipo. Pero él sabe, sobre todo, que la palabra ciudad significa amigos.

Como sus padres están bastante a favor de la naturaleza no tienen coche. Cultivan y comen desde un huerto propio y usan Internet para las compras grandes. De momento estamos observando un modelo de familia moderna viviendo en el campo.

Marco tenía por costumbre jugar con un árbol bastante grande situado justo delante de la casa. Por falta de tener a sus amigos cerca Marco desarrolló un juego con el árbol: el escondite. Y me dirás: “ jugar al escondite con un árbol tiene poco misterio”.

Pero hablamos de un árbol un poco peculiar, se trata de un sauce llorón. Son árboles que disponen de ramas y hojas decaídas y largas. Al tener tantas ramas y hojas era muy fácil perderse dentro. Es el juego favorito de Marco.

Para compensar su soledad Marco había creado a varios compañeros imaginarios que también participaban en el juego. Como debajo de Llorón (sí, Llorón, a Marco le gustaba ese nombre, le hacía reír enormemente) apenas se veía nada por la cantidad de hojas y ramas que se apoyaban en Marco, siempre se imaginaba que alguien se estaba escondiendo con él dentro de esa masa verde.

Podía pasar horas ahí. Incluso solía reírse solo. Siempre salía ganando y sabía que cualquier secreto o misterio que pasara por debajo de ese montículo de hojas verdes se quedaba entre el árbol y él. Cada vez que Marco iba a la ciudad contaba a sus amigos lo bien y lo divertido que era jugar con Llorón. 

Marco era un chico muy luminoso, se entusiasmaba con casi todo. Gracias a la educación de sus padres vivía la vida de una manera simple y alegre. Sus compañeros eran un pelín diferentes; a veces se reían de él, no entendían el por qué  Marco podía jugar con un árbol y ser tan feliz.

Marco los quería tal como eran, él vivía en su mundo y muy feliz además. Los otros niños siempre repetían la misma temática en sus conversaciones: los videojuegos. Los cuales eran, principalmente, juegos de tiros y peleas donde el objetivo principal consistía en matar y destruir para conseguir victorias.

Marco no disponía de máquinas recreativas y tampoco de videojuegos. Para sus padres era preferible que Marco desarrollara su creatividad por él mismo y con lo que le daba la naturaleza, y tenían razón. Marco siempre encontraba diversas formas de entretenerse. Durante el día pasaba su tiempo con el árbol y por la noche solía jugar con las estrellas. Decía que cada una de ellas era como una persona que iluminaba el cielo con una linterna.

Marco era un niño feliz y soñador. Un día sus padres decidieron darle una sorpresa invitando a varios de sus amigos a casa. La mayoría de los niños conocían poco o casi nada del campo. Habían crecido en la ciudad con padres que dedicaban más tiempo a su trabajo fuera de casa que a la familia.

Fue un sábado cuando los amigos de Marco se presentaron en casa. Cuatro de ellos llevaban sus videoconsolas. Entraron en la casa a tal velocidad que parecían cohetes y se pusieron inmediatamente a jugar a la consola. La meta del juego era capturar una bandera en el campo de los oponentes. En este caso eran dos contra dos. Podían usar multitud de armas para proteger su bandera y masacrar al otro equipo.

Solo un niño decidió quedarse con Marco. Los padres de Marco comprendieron al instante lo que estaba ocurriendo y decidieron, simplemente, contemplar la situación y dejar que las cosas fluyeran de manera natural.

Los cuatros niños se insultaban y gritaban, uno comenzó a chillar hacia su compañero de equipo “vales más muerto que vivo”, le decía. Mientras, los otros dos disfrutaban de una forma viciosa matando a sus adversarios para conseguir la bandera.

Marco conocía a sus amigos y sabía que era la forma de jugar que siempre habían tenido. Él pensaba que viniendo a su casa podrían, tal vez, jugar con él, pero no fue así.

Uno de sus compañeros quedó a la espera de las indicaciones de Marco. Éste, con toda la ilusión del mundo, lo llevó al huerto. Le quería mostrar sus animales, las verduras y todo lo que cultivaban ahí.

Por primera vez Marco compartía su mundo con alguien de su edad. El otro niño descubrió, por primera vez también, los tomates sin envoltorios de plástico. Para ese niño los tomates “sólo” se podían encontrar en los supermercados y envueltos en paquetes de plástico.  En ningún momento se imaginó -ni nadie le explicó- que los tomates se cultivaban en el suelo.

Los animales también tuvieron un impacto inmediato en el niño de ciudad. Las gallinas se precipitaron hacia  Marco y su amigo como un grupo de fans enloquecido. Mientras Marco las saludaba como si fuera un gran artista, el otro chico se quedaba petrificado sin saber muy bien cómo comportarse. El niño de la ciudad había estado en contacto únicamente con algunos perros y gatos, nada más. Las palomas, por ejemplo, le daban mucho miedo. Una vez cayó en toda su cara una bombita de esas que sueltan esos aviones con patas y plumas. Desde entonces, los seres con alas no le inspiran ninguna confianza.

Marcó explicaba a su amigo que solía ir a recoger los huevos casi todas las mañanas. Para él era como encontrar un tesoro cada día. A veces tenía que levantar una gallina para que apareciera el “botín”.

Como de costumbre, Marco contaba esa historia con mucho entusiasmo.

El otro niño estaba completamente fascinado por la cantidad de cosas espectaculares que estaba descubriendo y totalmente cautivado por el entusiasmo de Marco. Un mundo nuevo se abría. Marco cumplía, sin saberlo, una función muy especial en ese mundo: despertar un nuevo estado de consciencia en su amigo.

Date  cuenta que enseñar o mostrar tu realidad a otras personas puede causarles un impacto enorme. Tu realidad puede, tal vez, parecerte “común” o “normal” pero piensa que, para otros, podría ser un universo nuevo. Lo suyo es saber regalarte a ti mismo la oportunidad de compartir tu “don” con otros.

Insisto, debes hacerte ese regalo a ti mismo, no es para nadie más; es para tu propia persona. Tú eres lo más importante de tu vida. Eres un tesoro por ser quien eres y sólo debes actuar como tal. Si alguien te encuentra y se da cuenta de tu valor, mejor para él, pero muchas veces sólo tendrás que ser tú mismo y darte valor por disfrutar de la vida y activar la cadena de favores.

Céntrate en vibrar con tu persona y deja que el resto se coloque solo.

Irás contemplando, con el paso del tiempo,  los milagros que puedas crear en otras personas (en el caso de que te interese y quieras hacerlo, claro está).

Volvamos a nuestra historia. Mientras que los dos compadres exploraban el huerto, los otros estaban a punto de matarse entre ellos. Al principio era como un juego de risas tontas, hasta que llegó a transformarse en una competición donde jugar era lo de menos. Lo suyo era ganar a todo costa. Los padres de Marco, pendientes del conflicto del grupo, decidieron parar el asunto y proponer a estas cuatro furias una nueva dinámica de juego donde todos podían intervenir.

Los niños, por supuesto, no querían y estaban muy cabreados por el hecho de no haber podido terminar la partida y por no saber qué equipo era el mejor de los dos. 

Apagaron sus consolas y salieron fuera en busca de Marco y el otro compañero.

Ahora los seis estaban reunidos fuera de la casa. La tensión del videojuego había dejado malas caras a los cuatro fantásticos, mientras que los tesoros del huerto de Marco habían ofrecido la exploración de un mundo nuevo a otro niño. Todo es cuestión de percepción.

Con toda su ilusión, Marco decidió proponer a sus amigos su juego favorito: jugar al escondite con Llorón. Les dijo con una sonrisa más grande que su carita: “Vamos a jugar a escondernos con Llorón. Es muy divertido, vais a ver que es un juego genial.”

Los seis partieron en dirección al Sauce Llorón sin saber que ese árbol tan espectacular iba a proporcionarles una gran lección a nivel de conexión con una realidad más simple.

En la ciudad suelen encontrarse otro tipo de árboles, por lo tanto, un Sauce Llorón era algo raro y misterioso para esos niños.

Marco como buen líder entusiasta les propuso, nada más llegar, meterse directamente dentro de la masa de hojas verdes. Más de uno se sintió temeroso por no saber qué es lo que había dentro y, sobre todo, de estar arropado por un mundo natural que desconocían.

Los padres de los niños les habían avisado antes de llegar al campo.

“Tened mucho cuidado allí. Hay muchos bichos y animales pequeños que os podrían picar y transmitir enfermedades”.  Vamos, lo ideal para que cualquier persona pueda experimentar algo con total libertad  (Leer: La Cárcel de niños).

El niño que llevaba toda la tarde con Marco se metió de cabeza, confiaba plenamente en las indicaciones de éste. Estaba tan emocionado por la experiencia anterior que no dudó ni un instante. Mientras, los demás vivían otro proceso.

-Oye, ¿qué hacéis? El juego del escondite es mucho más interesante dentro que fuera- dice Marco a sus otros compañeros.

Con mucha dificultad y mucho coraje,  uno de ellos, él más competidor, atravesó con su mano ese panel verde e introdujo el brazo, poco a poco, consiguió a meter el cuerpo entero. Uno tras otro fueron entrando en ese nuevo entorno de juego. 

Al poco de comenzar a jugar se empezaron a escuchar risas procedentes de aquel inmenso follaje. Si nunca has escuchado niños reírse a carcajadas te invito a hacerlo; puedes encontrar multitud de videos en internet. Verás que la risa de un niño es  muy “contagiosa” por lo pura y sana que es.

El cosquilleo que producía el roce de las hojas en sus caras provocaba que rieran a carcajadas.El jardín estaba de concierto. Las hojas de Llorón vibraban de alegría.

Marco propuso a sus amigos que intentaran atraparlo. Para ello deberían moverse entre las hojas. Cada uno comenzó a desplazarse hacia el sonido de la risa que escuchaba más cercana. A veces se chocaban y se podía observar cómo se acentuaba, todavía más si cabe, la risa en los rostros de los pequeños

Esconderse se transformaba en encontrarse.

Al observarlos jugar, los padres de Marco eran conscientes de estar contemplando la mecánica de un aprendizaje colectivo. Eran muy sabios y también una pareja muy unida. Comprendían que cualquier mecánica de aprendizaje requiere tiempo, práctica y función (alguien o algo que ejecute un papel imprescindible en el aprendizaje de cualquier persona). En este caso, la función de Llorón, como árbol, fue la de permitir  que varios niños descubrieran el placer de estar juntos y jugar con su imaginación. 

No hacía falta consola, no hacía falta dinero, solamente la intención de un niño por compartir su realidad con otros.

La cadena de favores: Aprende de todos.

La historia de Marco y Llorón representa simplemente cómo uno mismo, siendo como es, puede aportar un bien común cumpliendo su función. Marco, por educación, tiempo y hábito, vivía la vida desde otra perspectiva, lo que animó a otros niños a entrar en una nueva dinámica de disfrutes y gozos.

Me he criado con videoconsolas desde los seis años, sin salir mucho de casa. Me apasionaba pasar horas y horas delante de una pantalla. Me flipaban los videojuegos de peleas y aventuras; hoy en día sigo jugando. El motivo principal de pasarme tantas horas enganchado a la consola, aparte de jugar, era que no me sentía en adecuación con las personas de mi entorno. Prefería un mundo lúdico virtual que jugar con los demás. De adolescente pasé de estar solo delante de una pantalla a estar con otros que me acompañaban también delante del videojuego de turno. Muchas risas y también muchas peleas acompañaban nuestras tardes. 

La cadena de favores consiste en el simple hecho de entregar “tu regalo de vida”, es decir, ser tú mismo (leer: Tu pieza de puzzle (próximo artículo)) y compartir quién eres con los que te rodean.

Aprendí, con el tiempo, que ayudar a los demás no es hacer siempre lo que ellos necesitan es, más bien, ofrecer tu realidad y compartirla con los demás desde tu pleno entusiasmo.

Lo suyo es que nazca de ti, desde tu corazón, para luego compartirlo.

No fue un proceso fácil, te recuerdo que era un gran dependiente emocional, es decir, que necesitaba la aprobación de los demás para sentirme reconocido o, simplemente, ser válido para las personas de mi entorno.
Por lo tanto, en muchas ocasiones, hacía cosas para los demás esperando una “devolución emocional” por parte de ellos (aprobación, aceptación, cariño, agradecimiento, etc.).

Durante mi infancia y adolescencia no tuve mucho éxito emocional, es decir, que no llegaba a encontrar un sistema que me produjera la cantidad suficiente de satisfacción como para estar en un nivel emocional alto. Vivía gran parte de mi alegría (si había) a través de objetos (juguetes, videoconsolas, etc.) hasta que, más tarde, lo traspasé a los amigos.

No sabía estar solo (sentía un pánico terrible cuando esto sucedía). Pero pude aprender y contemplar un fenómeno curioso: mi entusiasmo por salir de mi malestar emocional me hacía probar multitud de cosas distintas. Conseguí engancharme a los videojuegos, la música, algún deporte, etc., lo que se transformaba luego en una fuente de “bienestar”.

Descubrí que, por cada cosa o situación que exploraba y vivía con entusiasmo, sentía la necesidad de compartirla con las personas que me rodeaban y les invitaba a  que las experimentaran por ellas mismas (hoy en día sigo haciendo esto de igual forma). Gracias a esa mecánica pude transmitir un nuevo mundo a muchísimas personas.

Muchos de ellos dieron el paso definitivo para dedicarse a lo que de verdad querían (música, fotografía…). Otros se hicieron amigos. Algunos, empezaron una relación en pareja. Otros muchos se dedicaron a explorar distintos estímulos viajando a países extranjeros. Otros pocos encontraron en mí una fuente de inspiración y, hoy en día, se dedican a ayudar e inspirar a otras personas. La cadena de favores es un camino.  Decidí, hace varios años, compartir mi realidad y entusiasmo con todo aquel que lo desee para, de esta forma y a cualquiera que esté interesado, poder invitarlo a que pueda descubrir mi don (enalkimia.com es también un ejemplo de este fenómeno).

Ayudar a los demás no es echar una mano de vez en cuando (que también es algo fantástico). Es, más bien, ser tú mismo y compartir tu don.

Verás que, cuando compartes lo que eres de la forma que mejor te parezca, ayudarás a otros sin que, tal vez, lleguen a darse cuenta. 

¿Cuántos escritores han fallecido y sin embargo sus libros siguen de actualidad en las universidades y bibliotecas inspirando a millones de personas? 

¿Cuántos actores o personajes públicos murieron hace tiempo pero crearon una tendencia que sigue vigente hoy día en el mundo moderno inspirando a personas de todas partes?

¿Cuántos millones de seres humanos han podido provocar cambios para futuras generaciones sin ni siquiera saberlo?

Estamos todos involucrados en esa maquinaría que llamamos vida. Muchas veces, por supervivencia emocional, nos centramos en hacer lo justo para estar bien y pasar al día siguiente. Y, ¿quién no te dice que para sentirse bien habría que hacer “el bien” de otros?

He podido comprobar, una y otra vez, que, cuando activo mi motor de entusiasmo y realizo una tarea para los demás (charlas, cursos, escribir, ayudar, enseñar, etc.), me siento feliz. He observado que el placer de sentir que la gente es feliz me hace feliz. Es como un circuito cerrado que se retroalimenta.

Para comprender esa mecánica te invito a vivir la siguiente experiencia:

Primero: Sé egoísta, dedica tu energía únicamente a tu propia felicidad.

Es decir, céntrate en emitir bienestar y felicidad desde tú mismo hacia ti mismo. Sólo se trata de tu persona contigo mismo y de tu expresión hacia el mundo (Leer: entrénate y conecta con tu potencial).

Tu eres lo más importante en tu historia de vida.

Es más que recomendable que comprendas cuanto antes que, tanto el sentimiento de tristeza como el de alegría te pertenecen a ti. Tu eres el/la responsable de tus emociones. Existen varias formas para activar ese bienestar en ti. La cadena de favores es una de ellas.

Segundo: comienza la cadena de favores

Hemos dicho que lo más importante somos nosotros mismos. Eso no significa que para ser feliz tengamos que centrarnos únicamente en nosotros mismos.

Escribiendo estas palabras me centro en mí, es decir, que hago esto para mí, lo siento desde dentro y sé que, a la misma vez, tendrá una repercusión hacia los demás.

Al principio del artículo te comenté que estábamos todos conectados. Suena un poco peculiar pero, piensa un poco en ello. Lo que nos divide es nuestra mente a través de la percepción del mundo. Tú y yo pertenecemos a un ecosistema donde respiramos el mismo aire. Sólo por ese mismo motivo, todo lo que hagas podría repercutir tanto en ti como en los demás seres que te rodean. Tus actos pueden acarrear efectos positivos o negativos, por lo tanto, sé feliz compartiendo tus dones

Tercero: Crea milagros

Sí, milagros. Lo mismo que ocurrió cuando Marco enseñó su realidad en el huerto de su casa a su compañero. Ese niño pudo “grabar a fuego” un momento extraordinario. Marco, desde su entusiasmo y amor por la naturaleza, transmitió a su compañero una experiencia de cambio de percepción.

Ese niño pasó de tener miedo a los animales a querer explorar su forma de vida y saber más de ellos. Se produjo un cambio extraordinario en el amigo de Marco.

Quarto: Pasa desapercibido

Esta será, tal vez, una de las partes más complicadas de llevar. Hasta ahora, he podido observar en muchas personas, y también en mí la necesidad de sentirnos reconocidos. Es decir, cuando realizamos una tarea para ayudar a alguien nos quedamos a la espera de un “gracias” o de cualquier tipo de reacción positiva de esa persona hacia nosotros.

En el relato, los padres de Marco participan activamente en la cadena de favores. Ellos, simplemente, contemplan el movimiento de ese gran aprendizaje. Pasan desapercibidos pero, en sí, son ellos los que participaron activamente para el aprendizaje global de los chicos.

Seguro que esos niños nunca recordarán la participación de los padres de Marco; no importa. Cuando haces las cosas por y para el bien tuyo, simplemente porque nacen de tu interior, lograrás experimentar la plena satisfacción.

Si quieres sentirte bien del todo, tendrás que “ignorar” el resultado de tu intención. Es decir, no tener apegos a las expectativas que puedas proyectar.

En mi caso he tenido, siempre, el anhelo de “ayudar a los demás” en su proceso evolutivo. Aunque haya tenido toda la buena intención de crear una cambio, un aporte o una mejora para esas personas he podido observar el comportamiento siguiente:

-Molesta a la persona.
-Agobia por presión.
-Se enfada porque te metes en su vida.
-Terminas en la historia de malo/a.
-Sienten celos o envidia porque te ven feliz por ayudar a los demás.
-Te criticarán con otros.

Por supuesto, es algo que suele pasar poco (o no me enteraba). Si detectas esas frases en la mayor parte del tiempo, te invito a que te replantees tu forma de actuar hacia los demás o que simplemente encuentres otro entorno más propicio a tu forma de ser (Leer: Amistad). 

Llevo años que opto por la segunda opción. Encontrar un entorno propicio a tu forma de ser es de lo mejor que hay. Todo es más fácil. No hay que luchar para ser quien eres, al contrario, las personas se sienten más agradecidas hacia ti

Dentro de un entorno receptivo a tu forma de ser podrás escuchar lo siguiente (recuerda, lo ideal es no tener apego a las expectativas):

-Gracias por ayudarme.
-Me encanta estar contigo.
-Quiero aprender de ti.
-No me daba cuenta antes, tienes razón.
-Ahora veo la vida desde otra perspectiva.
-Eres importante para mí.
-Un día quiero ser como tú.
-Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
-Ahora entiendo muchas cosas que antes no comprendía.
-Mi vida ha cambiado.

-Etc.

Aprendí, a través de los años, que, aunque pongas toda tu buena intención en hacer el bien para una persona, siempre habrá alguien que, en un momento dado, le dará por vivirlo desde el plano contrario porque, básicamente, tendrá una perspectiva diferente a la tuya. Recuerda, todo es perfecto; aunque muchas veces no lo veas así.

Te doy un simple ejemplo a partir de un trozo de queso. A mi me encanta el queso, me flipa, pero he conocido a más de uno que le da asco o que, simplemente, no pueden tenerlo al lado.

¿Quién tiene razón? Pues todos; tú, ellos… ¡hasta el queso tiene razón! Cada uno cumple lo que le corresponde vivir. Aceptando, simplemente, que la realidad de otro puede ser diferente a la tuya, todo irá bien. Otros no lo harán, pero tú sigue disfrutando del queso.  Al final, el que se pierde poder vivir el momento o la experiencia que desea, es el que acaba sufriendo.

Sigue ofreciendo y regalando tus dones.  Redirige tu energía hacia ti para sacar aún más entusiasmo y felicidad. Compártela en la cadena de favores, es para mí el mejor proceso de cómo ayudar a las personas.

Quinto: Agradecer por ser quien eres.

Eres único/a, disfrútalo. He creado la plataforma de enalkimia.com justamente para que puedas encontrar una serie de herramientas, métodos y terapeutas que puedan ayudarte a conectar con tu potencial. Es solo cuestión de integrar la información y ponerla en práctica.

Más adelante, con el tiempo y la experiencia que vayas adquiriendo, podrás expresar tu entusiasmo con más facilidad. Todo es entrenamiento.

Agradecer cada etapa de tu proceso, comprendiendo que perteneces a un sistema mayor y mucho más elaborado que tú mismo, te ayudará a avanzar con más tranquilidad en tu camino.

Muchas veces, observo cómo las hormigas no paran de trabajar y moverse, y me doy cuenta que, a otra escala, soy igual o más pequeño que ellas. Por lo tanto me centro, constantemente, en mantener un estado emocional adecuado (alegre, entusiasta, positivo…).

Si puedo sentirme genial, fantástico; pero si me siento mal sigo avanzando sabiendo que es temporal y que dispongo de todas las herramientas para sentirme bien de nuevo. La gratitud por la vida es una de ellas.

¿Cómo ayudar a las personas? Reparte y entrega tu don gracias a las cadenas de favores.

Céntrate en generar tu propia alegría por y para ti. Cuando quieras y puedas, compártelo con otros. Tu propia presencia hace evolucionar a un conjunto mayor.

Si sientes que estas palabras han podido ayudarte compártelas con otros, así participamos conscientemente en la cadena de favores.

Gracias por ser quien eres.

 

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